Mi azaroso encuentro con Siva

A menudo llamamos casualidad al desenlace de un plan que no conocíamos, precisamente por ignorar esa parte fundamental de la sorpresa, creemos que las cosas de esta vida ocurren sin razón y por antojos del azar. Son regalos sin remitente, encuentros fortuitos a los que tan sólo pasados los años encontramos un sentido. Pero no siempre hemos de esperar tanto tiempo para saber qué se esconde detrás de estos misteriosos presentes.

Es difícil saber qué papel juegan estos obsequios en nuestra vida, pero desde luego hay una cosa clara, y es que aparecen cuando más se los necesita. Es la primera pista de ese plan, pero también hay otras señales para por ejemplo saber quién nos los envía.

Lo mismo se ha dicho siempre de los hijos, los cuales en antiguas tradiciones eran examinados con mimo desde su nacimiento, buscando en su anatomía signos que presagiasen su destino, pequeñas marcas y antojos que guardados en secreto hacían saber a las madres qué reservaba el futuro para su pequeño.

El hecho de que se cumpliesen tales presagios, era tomado por muchos como eso, una mera casualidad, un detalle sin importancia. Sin embargo algo en los momentos más cruciales de nuestras vidas parece cobrar sentido, completan como la última pieza de un puzzle que sólo vemos terminado al final.

Hay mucho detrás de las simples casualidades

Por eso me gustaría contaros una de esas “simples casualidades” algo que me pasó hace unos días y que me hizo entender que hay mucho más, detrás de lo que vemos.

No recuerdo exactamente la hora pero ya había caído la noche, me encontraba leyendo un libro completamente ajeno a lo que a continuación sucedió, pero lo suficientemente interesante como para mantenerme imbuido en la lectura, sin notar la ausencia a mi alrededor de los cuatro cachorros de gato que desde hace unos días viven en el Ahsram.

Algo ciertamente extraño, porque dada su alegría se les echa de menos en seguida, pero no fue su nostalgia lo que me sacó de la lectura, si no un extraño ruido proveniente del jardín. La media luna de aquella noche, no aportaba la suficiente claridad para ver al detalle lo que sucedía fuera de casa. Pero pensando en lo peor, ideé salir con tan solo la luz de la luna para sorprender así a un posible asaltante.

Para mi tranquilidad no había nada que temer, todo andaba en orden, todo excepto una maceta que los cuatro pequeños felinos habían tirado en sus correrías juveniles.

La idea fugaz que me hizo entender

Resultó curioso, porque fue precisamente la única maceta en la que días antes había depositado unas cenizas, eran los rescoldos de una pequeña lumbre junto a la que medité reflexionando a la luz de sus llamas ondeantes. Cuando lentamente aquel fuego se hizo cenizas, decidí guardarlas, aunque sin razón aparente, no hubo en ese momento motivo alguno con lo que poderlo explicar, simplemente las guardé en el recipiente más a mano que tenía en ese instante.

Depositado allí, en uno de los rincones de mi jardín, aparecía ahora esparcido por el suelo, difuminándose en pequeñas pisadas que indicaban el rastro del responsable de tal revuelo. Lo seguí sonriente, al descubrir que todos mis miedos se reducían a las trastadas de los gatos, a quienes imaginaba jugando a la vuelta de la esquina.

Pero no fue del todo así. Tres de ellos permanecían quietos, sin muestras de arrepentimiento, juraría incluso que me pareció verles sonreír. No solían hacer ninguna trastada pero cuando las hacían mostraban un tierno arrepentimiento, siempre menos aquella vez.

El cuarto, tardó unos instantes más en advertir mi presencia pero cuando lo hizo, mostró idéntico rostro. Tan solo le distraía el reflejo que la luz de la luna causaba en una pequeña balsa del jardín. Sorprendido de que no se inmutasen ante mis órdenes para hacerles entrar a casa, contemple como seguían allí, como representando una escena que yo tuviese que averiguar.

Me acerqué para acariciarlos, pensando que quizás estuviesen asustados, pero sus muestras de cariño parecían querer tranquilizarme a mí, que seguía intrigado con su comportamiento. El primero de ellos me dejo acariciarlo pero casi con la única intención de ver cómo todo su cuerpo estaba embadurnado en ceniza.

El segundo también se había dado un buen revolcón sin embargo fue más huidizo, cuando trataba de tocarlo se alejaba sutilmente, pavoneándose ante mí pero sin déjame tocarlo. Era como si se sintiese orgulloso de su nuevo aspecto, que más que fruto de una pelea parecía un cuidado maquillaje que hubiese rallado su pelaje, transformando su ternura habitual en el fiero aspecto de tigre.

El tercero apenas se había ensuciado y además era mucho más cercano, se acercó y se dejó acariciar, dando vueltas panza arriba me hizo recorrer todo su pelaje, que curiosamente se encontraba más enredado de lo habitual, de hecho nunca ni en sucesivas peleas ha mostrado tal maraña como en aquella ocasión. En ese momento yo lo achaqué a la pelea, como el resto de señales que había apreciado en los otros pequeños.

Sin embargo la actitud del cuarto me hizo entender que había algo evidente y que parecía que yo no quisiese ver. Es normal en este otro pequeño gato, reclamar cariño cuando juego con sus compañeros, sin embargo en aquel instante, en la soledad de la noche y en lo más tranquilo del jardín. Él continuaba absorto. Ignoraba completamente mi presencia, tan solo parecía atender a aquel reflejo lunar, dando vueltas y vueltas a la balsa me hizo comprender que quizás todo aquello no era una simple riña de gatos, aquello podía ser algo más.

Un regalo sin remitente

Seguramente me dejé embargar por el sentimiento o lo mágico de aquel momento, pero lo cierto es que una rápida conexión apareció en mi mente, una idea fugaz que me hizo entender el resto, pues la pequeña media luna que se reflejaba en aquella balsa me recordó al símbolo que apareció en la frente de de Shiva, como símbolo de la transformación, al mismo tiempo que entendiendo la luna como medida del tiempo, Shiva se convertía en el señor del tiempo.

No sé si el pequeño gato leyó mi pensamiento pero lo cierto es que en ese momento sonrió y alejándose hacia el interior de la casa, movió su cola alegrándose porque hubiese encontrado la pista que me marcaba. Siguiendo las normas del juego, volví sobre mis pasos y ahí encontré el cabello enmarañado que hace de Shiva el dios del viento, en definitiva el hálito vital de todos los seres de la creación.

Continuando con orden, analicé las manchas que tan peculiarmente decoraban el pelaje del segundo, cayendo finalmente rendido ante la evidencia del símbolo de la fuerza y el poder que emana de la piel de tigre, que como animal sagrado transporta a Shaktí, haciendo de Shiva un auténtico conquistador del deseo.

Finalmente el polvoriento minino me hizo comprender que su aspecto también escondía un porqué. Quizás bhasma -aquellas cenizas sagradas de los difuntos-, no lo sé. Tan sólo puedo decir que sonriendo al igual que hizo el resto de la pequeña manada, se sacudió y entró dentro de casa.

Un orden que se nos escapa

Allí quedé yo, solo y contemplando aquella hermosa media luna que coronaba aquella noche mágica. ¿Serían imaginaciones mías? ¿Una casualidad más? ¿Todos con símbolos de Shiva? No lo sé.

Tampoco sé porqué guardé aquellas cenizas, tampoco sé porqué  surgieron aquellas ideas en mi mente, tampoco sé porqué aparecieron aquellos cuatro gatos en mi vida. Quizás todo obedezca a un plan que se nos escapa, quizás tu formes parte de él, quizás por ello has leído hasta aquí, quizás tenga en mis manos un regalo que es para ti.

Si deseas adoptar uno de nuestros gatos ponte en contacto con nosotros.

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Imagen de Saiva Raulinga
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Me gusta trabajar con gente abierta al cambio interno. A menos que sean así, no podrán ser capaces de provocar cualquier cambio a su alrededor por sí mismos.
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