El viaje de una ayahuaskera
Es la sexta vez que tomo Ayahuasca. Mis experiencias se van aclarando cada vez que me alejo del cuerpo, y de los síntomas físicos, y me entrego más al espíritu y la sabiduría de la planta. Con cada viaje me parece que se expande mi atención y mi percepción de las cosas, y me siento alerta. Siento que se desbroza un poco más la tupida maraña de raíces leñosas ancestrales que han asfixiado mi mente desde tiempo inmemorial. Abriéndome paso entre la maraña, mi horizonte se va despejando, mostrándome los rayos del sol y ayudándome a ver más claramente mi raíz básica, esa que tiene que quedar al final de los tiempos para que el árbol de mi conciencia se desarrolle y se alce hacia el azul infinito.
El espíritu de la Ayahuasca me señala las ramas más frescas, las hojas más sanas que debo fertilizar y cultivar para que el espíritu de mi liana se libere de la maleza. ¡Parece nada!, pero es mucho. Un enorme trabajo tan arduo y tan sutil, tan intrincado e íntimo que apenas puedo ponerle palabras para describirlo. No. Es sólo mío, y tiene mi propio lenguaje, una jerga personal e intransferible, porque es la voz de mi alma la que está hablando, y solo ella sabe el inmenso contenido que arrastra desde eones de tiempo. Si no estoy alerta, el silencioso susurro ayahuasteco puede pasarme muy fácilmente inadvertido: el espíritu no obliga, es tan generoso y compasivo, es tan difícil su misión: que duro papel el de aquel que tiene algo que decirte para que no te equivoques y puedas avanzar sin peligros, pero se ve relegado al silencio y la pasividad y no puede forzarte a que le escuches y comprendas el mensaje que tiene para ti. ¡Es inmensa su misión!.
Y si apenas te mueves, se va y desaparece como el aire de un suspiro. Sin embargo, también he sentido la presencia poderosa del espíritu de la planta. Una súbita sacudida en todo el cuerpo, y una fuerte presión en el pecho que me asustó mucho al principio: la esencia de la Ayahuasca puede ser fragante como un perfume y aguda como un veneno que te aprieta el corazón como si fuera a escurrir la sangre entre sus dedos nudosos. Me asusto y me revuelvo, y el más ligero movimiento espanta al espíritu de la planta que se aleja y me abandona. Luego, tranquilizo mi mente porque sé y he comprobado que la planta no quiere hacerme daño, al menos físico; tal vez me duela ver aquello que me da miedo, eso sí, pero forma parte del trato. ¡Es una planta sagrada, un aliado!, sólo quiere mostrarme mi senda interior.
Me relajo, y es curioso cómo poco a poco se va acercando de nuevo, cómo vuelve a entrar en mí, ascendiendo desde mis pies como una dulce muerte que me va dejando helada e inmóvil. Mi cuerpo no debe intervenir en estos asuntos, sólo es un viaje del espíritu, me dice la planta. Ahora me dejo ir, fluyo, me entrego, y una sensación de plenitud y de bienestar me llena por completo. Mi atención se abre, como la gigantesca escotilla de un submarino, y comienzo a salir de mis profundidades, liberada de los límites de mi coraza. Los sonidos me llegan tan nítidos y tan claros que me parece oír a miles de kilómetros, como si de repente, todos los sonidos del universo estuvieran a mi alcance. ¡Guau, es increíble!.
Siento una profunda excitación, pero no es excitación en sí, estoy tranquila y mis pulsaciones se han ralentizado tanto que apenas siento mis latidos. Mi cuerpo se agudiza, como el lince que acecha su presa. Me hago más consciente de todo. Con los ojos cerrados y dentro de mí misma, puedo sentir cada movimiento, cada sonido, cada vibración de la energía que me rodea. Estoy tan genial que no puedo evitar reírme a carcajadas. Y aunque parece que no voy a poder mover ni un sólo músculo de mi cara, la risa me sale en suaves borbotones limpios, lentos, burbujeantes como el agua de un manantial.
Abro los ojos, en derredor el bosque está tranquilo y no tranquilo, silencioso y bullente, oscuro y brillante, todo al mismo tiempo. Me parece que los enormes árboles sobre mí se comunican conmigo: son mis aliados, mis guardianes y van a cuidarnos y protegernos. Y siento la energía de cada uno de ellos como enormes entidades con historia propia: un árbol es un guerrero y me transmite su historia en un solo “concepto” inexplicable. Otro es un rey que está unido a su reina desde el comienzo de los tiempos, la sujeta y la protege con su altísimo tronco milenario. De pronto, se muestran ante mis ojos las guías ocultas de la naturaleza esencial de las cosas.
Un grupo de árboles a mi derecha ha construido, con sus ramas y hojas, una bellísima cúpula que parece una vidriera vegetal y viva; y otro árbol extiende una de sus ramas hacia nosotros y nos ofrece una tierna rama que parece un pañuelo finamente brocado. ¡Todo tiene tanta vida, todo es tan hermoso, tan luminoso y hay tanta paz, que de mis ojos comienzan a brotan a borbotones lágrimas y risas de felicidad, limpias como el agua de un manantial!. No puedo parar de reír y jamás me he reído con tanta consciencia.
Súbitamente, un sonoro aleteo me devuelve al campamento improvisado al lado de un tipi hecho con los troncos de los árboles caídos del bosque y grandes rocas húmedas y musgosas. Allí, bajo el exuberante y carnoso palacio viviente, Kurma, agita, afanosamente, las brasas de la hoguera con un improvisado cartón. Al mirar a Kurma, una clara comprensión de su esencia y un inmenso amor por él me hacen volver a reír a carcajadas, y le pregunto si se ha dado cuenta de lo bonito que está el bosque esta noche. Está tan concentrado en su labor de hombre del fuego que es uno con el TODO.
El humo blanco que emerge de las llamas hace sinuosas ondas que se elevan, pero en mi campo de visión aparece, como un enano gordito y juguetón, el no-humo. Es la visión más evidente que he tenido nunca del yin-yang. De pronto lo comprendo de una forma práctica y contundente: no hay humo sin no-humo, ni luz sin oscuridad porque todo es luz, y la no-luz es la oscuridad. Y ese enano gordito y contumaz que se mete en mi campo de visión me cuenta que la oscuridad es la base de la luz y de todo: te pueden dar o quitar luz, pero ¿quién puede darte o quitarte oscuridad…?. Ella se sostiene sola, independientemente.
La visión de la oscuridad me hace entrar en mí misma, y comienza un viaje a mis profundidades: se muestran a mi consciencia las muchas malas tendencias que todavía poseo, las muletillas que me impiden actuar con consciencia y ser quien soy en realidad, sin excusas, sin miedos ni vergüenzas. Aparecen mis padres y algunos conflictos asociados, y tengo una visión de comprensión y compasión hacia ellos y hacia mí misma… Éstos vislumbres me dan un montón de material para trabajar, para despejar las incógnitas y desenredarme de las leñosas raíces de mi mente y de mi espíritu, liberarme de ellas. Ahora debo hacer una buena poda, desde el fondo más profundo de la tierra, para que las ramas de mi liana se eleven más y más hacia el cielo y pueda conocer a la diosa que hay en mí.
Ahora llueve. Las gotas de agua caen sobre el campamento en un clap, clap, clap rítmico y sonoro, y una nueva cadencia inunda el bosque. La llegada de la lluvia reverbera en los altos pinos que mecen sus ramas más altas, mientras que los pequeños tallos de hierba y los helechos se inclinan al ritmo de la lluvia. Me siento helecho enraizada al suelo, pasiva, entregada, como un vegetal. Y sobre mi rostro impasible y vuelto hacia el cielo, estallan gotas cada vez más abundantes y más rápidas, pero sigo inmóvil como una planta. Soy un vegetal.
Poco a poco el amanecer comienza, y su llegada revoluciona el bosque. Una brisa fría y húmeda se ha levantado para despertar al bosque. Los helechos y los tallos tiernos se sacuden ahora del letargo nocturno, y arriba, en los altos pinos, sopla un viento frío que hace silbar las ramas. Mi cuerpo dolorido y entumecido también se revuelve en el saco. Un escalofrío me sacude enteramente y tirito. Tengo un frío mortal y trato de cubrirme el hombro derecho que está destapado hacia la fría pendiente del río. Y el río, que nos ha acompañado, de fondo, en nuestro viaje, también parece hacerse más sonoro. Y entonces me pregunto si tal vez he perdido el hilo del río en algún momento o es que el río también duerme en las horas más tranquilas y oscuras de la noche.
Pese a la incomodidad mi mente está tranquila y fascinada con el espectáculo matinal. Los pájaros se dan los buenos días unos a otros, -cada uno tiene un piar diferente-, y se organizan para el nuevo día. Se cuentan y se responden entre sí en un armonioso cantar. ¡y me parece imposible que pudiera haber tantos! Ahora las primeras luces iluminan suavemente el bosque, las rocas están brillantes y verdes, mullidas de musgo. Las miro y siento envidia: ¡me duele todo y tengo náuseas! Y en silencio, vomito amargamente, sobre la tierra mojada, los restos de ayahuasca fermentados en mi estómago. Polvo eres y en polvo te convertirás. Fertilizo con mi vómito la tierra que me ha sostenido durante mi viaje y el espíritu de la vuela libremente en el bosque y en mí.
¡Te doy las Gracias, espíritu de la Ayahuasca porque me has ayudado a ser más consciente! Me postro ante ti y te honro consolidando la conciencia que me has mostrado. Has dejado tu huella en mí y el solo recuerdo de tu presencia me estimula y me inspira. Gracias también a Kurma, mi maestro, mi amigo, mi amor, por mostrarme el camino y ayudarme a encontrar el sendero hacia mí misma.
Om tat Sat
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