bosquegris

El 22 de febrero del 2008 subía por las escaleras de salida del metro Santiago Bernabéu, como todos los días. Eran las nueve de la mañana. La gente se movía al ritmo de la sinfonía que marca la gran ciudad, monótono, uniforme.

Cuando salí al exterior, el sol de frente me deslumbró. Aparté la vista y crucé mi mirada de forma involuntaria con la de la repartidora de periódicos gratuitos. Sus ojos estaban vacíos. No hablo metafóricamente: sus pupilas y su iris eran una única circunferencia negra. Observé durante unos segundos a la gente y nadie parecía darse cuenta. Nadie miraba nunca a los ojos de los repartidores. No era ciega, sus movimientos eran normales y seguros. Quizás el sol me había cegado parcialmente y era yo el que no veía bien. Continué mi marcha y fui al trabajo, pensando en que nunca había mirado a los ojos de un repartidor y en que, aparentemente, nadie lo hacía. Sociedad fría y ensimismada.

los nadieEl día siguiente volví a fijarme en ella. Tuve mucho cuidado de no mirar al sol al salir. Sus ojos estaban vacíos, pero no solo los suyos, también los de los otros repartidores. Así fue como descubrí la existencia de los “Nadie”.

Lejos de asustarme esperé a que terminase su turno de trabajo y los seguí. Todos entraron en el metro y a las doce del mediodía, en la parada de Delicias, ocurrió lo que os cuento: justo acababan de partir los dos trenes en ambos sentidos y en la estación solo quedamos los “Nadie” y yo, que estaba bien escondido. Bajaron a las vías y se apresuraron a entrar en la oscuridad del túnel. Los seguí tan rápido como pude. Estaba muy oscuro y me concentré en seguir el ruido de sus pisadas.

Al llegar a un recodo de seguridad entraron a través de una puerta que se abría con lentitud. Me acerqué a ellos tratando de confundirme entre el grupo y no repararon en mi presencia.

Lo primero que vi era un pasillo interminable con puertas a ambos lados y muy poco espacio entre ellas. Parecían hileras de celdas muy estrechas, una especie de compartimentos donde iban entrando. Un catre y poco más debe haber ahí dentro, pensé.

Inmediatamente antes del pasillo había una especie de cafetería o salón social. Los que llegaban se repartían entre las celdas y este lugar. Hablaban entre ellos una lengua incomprensible para mí. Incluso me dio la sensación de que era incomprensible para ellos mismos. Todos hablaban al mismo tiempo sin esperar contestación de su interlocutor, que también hablaba. El sonido en la habitación era un ruido informe que producía somnolencia.

La chica repartidora que había visto el día anterior se acercó a mi y me habló.

-Tú miras de frente aún. Sé que me has seguido. ¿Qué quieres?
-Quiero saber qué está ocurriendo, quiénes sois, por qué no tenéis ojos…
-Tienes muchas preguntas -contestó-y las respuestas están en nuestro interior. Lo que hacemos aquí es buscar respuestas. Giramos los ojos hacia dentro. Mi pupila está en el lado opuesto que el tuyo, por eso parece que no tenemos ojos.
-Pero ¿cómo hacéis eso?
-Verás -me dijo la chica con un tono humilde, pero seguro al mismo tiempo- el mundo no es lo que parece. Hay muchas cosas que no hemos descubierto aún. Como el poder de los sonidos. Hemos descubierto que la combinación de ciertas notas y tonos despiertan emociones en nosotros. Nada estimula mejor el recuerdo ni nos cambia el ánimo como la música. Pero el poder del sonido va mucho más allá. Hay palabras que nunca se han pronunciado y que producen efectos desconocidos. Palabras que constituyen la verdadera y poderosa lengua original del hombre. Una lengua perdida por oscuras razones. Veo que no crees lo que te estoy diciendo. Sacó un papel y un lápiz de su bolsillo y escribió estas palabras: “sijnafrad cognonité”.

Pronuncié la palabra y una vibración aguda zarandeó todo mi cuerpo. Sentí como se estremecía mi cerebro y dejé de ver.

-¡Dios mío, estoy ciego! ¿Qué me has hecho? No puedo ver. No puedo ver.
-Trata de tranquilizarte y presta atención -me dijo alzando ligeramente la voz-. Presta atención a lo que ves en tu oscuridad. Ahora estás mirando hacia dentro.

Noté como mi mente se aclaraba y mi espíritu se relajaba. Pude verme a mi mismo, a mi interior. Mis miedos, mis sensaciones… Todo lo intangible que tanto nos cuesta analizar se tornó sencillo y comprensible. ¡Comprendí tantas cosas en unos segundos! Fue una revelación.

Entonces caí en la cuenta de un detalle. Le pregunté a la chica por qué la gente no se daba cuenta de que no tenían ojos.

-Prácticamente somos invisibles. Nadie nos mira a los ojos. Que tú lo hicieras fue mera casualidad. Pero atento, mira a tu alrededor. ¿Los oyes? ¿Entiendes algo de lo que dicen?

Presté atención a la conversación de la mesa de la derecha. Estaban pronunciando palabras incomprensibles. No se parecía a ningún idioma que yo hubiera escuchado.

-No entiendo nada de lo que dicen -le respondí.
-Lo que hacemos aquí es pronunciar y apuntar palabras, combinaciones de sonidos sin significado aparente, para tratar de descubrir nuevos efectos y clasificarlos. Aquí buscamos la verdadera sabiduría perdida de la humanidad. Dedicamos nuestra vida a probar y probar combinaciones de sonidos y, muy lentamente, avanzamos.
-Pero, no puedo ver, sigo ciego. Vosotros camináis como si pudierais ver.
Mis preguntas y preocupaciones banales parecían impacientar algo a mi compañera.
-No te preocupes -respondió- nuestro médico puede introducirte un espejo muy pequeño en el fondo del globo ocular. Concentrando nuestra mirada en el espejo podemos ver reflejado el exterior. Es difícil, tendrás que acostumbrarte a verlo todo al revés, pero te acostumbrarás; y es un precio muy bajo por lo que se nos revela.

Se quedó unos segundos pensativa y continuó diciendo:
-Lo más parecido a lo que somos es una composición de sonidos única en un universo infinito de ruidos ininteligibles e inabarcables. ¿No has visto en tu interior una palabra? Es lo primero que se nos revela, nuestro nombre.

Me concentré y pude ver con claridad cómo se iluminaban letras que compusieron una palabra: “Lemdinoá”. Involuntariamente lo pronuncié en alto y sentí una satisfacción enorme.

-Encantada de conocerte, Lemdinoá yo soy Namco. Bienvenido

No podía frenar las lágrimas que caían por mi cara, ni quería frenarlas. Namco se levantó, se despidió y se fue a su departamento. Ella sabía que yo tenía una conversación muy larga pendiente conmigo mismo.

No sé muy bien cuántas horas pasé solo preguntando y respondiéndome las preguntas que siempre habían quedado sin contestación. El agotamiento hasta la extenuación fue lo único capaz de cortar mi monólogo. Nunca me sentí más acompañado que en esos momentos y nunca más sentí lo que llamaba “soledad”.

Me dormí pensando que el resto de mi vida sería un pronunciar sonidos aleatorios, sin guía, sin maestros, tratando de encontrar las combinaciones que hicieran vibrar las cuerdas. Algo así como componer una canción que solo yo sabría concluir.

Pasé en el interior del hogar de los “Nadie” varios días. Me operé los ojos con la inserción del espejo y me fui acostumbrando a mi nueva visión. Descubrí que no había mejor sitio que el exterior para vivir y obtener inspiración para encontrar nuevas palabras.

Cuando salí por fin a la luz, un soleado día de marzo. Miré a los ojos a cada persona que se me cruzaba y en todos ellos descubrí notas mágicas. Notas a las que tenía que prestar toda mi atención. Después, en la oscuridad, las recordaba y las combinaba. ¡Cuántas palabras descubrí! Todo estaba allí, en los ojos de los demás.

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  • María de Jesús

    lei estas palabras sin saber el día que te encontré, también fue un Marzo Graciasssss Adoro tu Ser Maestro Kurma Rajadasa


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