Una vaca comiéndose un perro

Llegué a India a principios de Octubre después de haber hecho un satsanga de 3 meses en el Ashram Sivaíta del pirineo catalán. Aunque algunas veces le pedí al Maestro consejos acerca del viaje y que me contara más para estar prevenido. Supongo que la mente ante su inminente muerte busca cualquier comparativo para seguir con vida, pero nunca me dijo nada, tan solo me repetía; "ve allá y velo por ti mismo", si hubo algún consejo fue de viajero a viajero. "salte de las grandes ciudades y conocerás la verdadera India".

¿Y qué hice apenas llegar? Me dirigí en tren, por azares del destino e invitado por una guapa colombiana, a Varanasi en el estado de Uttar Pradesh en el Norte Centro de Bhārat. La ciudad ha estado habitada desde hace más de 4,000 años y es ahí donde, según los Hinduistas, una de las cuatro cabezas del dios Brahmá consiguió descansar al llegar a esta ciudad. Varanasi, antes llamada Benarés por los colonizadores ingleses y antiguamente como Kashí o la espléndida, debe su nombre a los ríos Varuna y Asi, que vierten las aguas al Ganges en el corazón de esta antiquísima y bulliciosa urbe.

Después de 13 cansadas horas en tren desde Delhi llegamos a Varanasi. Hay algo en el ambiente, es la mezcla de emoción, aventura, misticismo y también de olores varios. No puedo creer lo que voy viendo al caminar por sus sucias calles, intentaré explicarlo. Imagina muchísima gente, hinduistas, sivaítas, musulmanes, turistas de distintas nacionalidades, mendigos, niños, perros, changos, monos de tamaño considerable corriendo por las azoteas, manaditas de cabras, coches, rickshaws -minitaxis de color amarillo y verde-, motos, bicicletas, mujeres con sus saris multicolores, comerciantes que venden cosas que jamás había visto en mi vida, como por ejemplo ramitas de madera mojadas que hacen de cepillo de dientes y, por supuesto, comida, frutas exóticas, frituras de mil y un formas que parecen donitas y carritos de jugos. Todo ello rodeado de moscas y de vacas, que se echan donde les plazca mientras otras deambulan comiendo lo que encuentran.

Al principio, voy a ser sincero amable lector, no pude con todo, era demasiado rápido y mucha información siendo procesada. Aunque lo estaba disfrutando, era una mezcla rara entre incomodidad, frustración y a su vez maravillado y absorto, como dolor y placer. Poco a poco y sin esperarlo mi mente se fue callando, casi imperceptible. La loca de arriba se fue rindiendo, y como en trance me senté en un escalón de alguna esquina para contemplarlo todo y a la vez nada.

Había pasado 3 meses en el satsanga con mi Maestro, en las montañas del pirineo catalán, donde al contrario todo era paz, silencio y se respiraba todo el tiempo tranquilidad. Lo más escandoloso que recuerdo era cuando cansada de andar y vagar con sus amigos Misi, la gata, rascaba suavemente la puerta de vidrio que daba al jardín para que le abriéramos, comía un poco y a descansar para su siguiente aventura. En el ashram con la sola convivencia del Guruji, me mantenía en un continuo estado de contemplación, las largas caminatas por las frondosas y empinadas montañas de alrededor, las horas de meditación y lectura, los momentos donde platicábamos y preguntábamos nuestras dudas generalmente en la cena y mi sadhana me fueron preparando realmente sin darme cuenta para cuando llegara este momento.

Y bien decía Él: "meditar aquí es muy fácil, si logras meditar al menos un minuto en India habrás dado un gran paso". Y yo entre ignorante e incrédulo, sólo lo escuchaba sin decir ni pío. Y ahí estaba otra vez, en medio de millones de personas en la ciudad sagrada de Vanarasi que a primera vista parece la antítesis de la espiritualidad. ¡Y es que Varanasi es tan contradictoria! Los libros te hablan de su espiritualidad, tu sentidos y tu experiencia te dicen que es corrupta y abusiva como los taxistas tratando de cobrarte lo que más te dejes. Sagrada y al mismo tiempo materialista como sus grandes malls -centros comerciales con cines 3D y tiendas de marca-, dónde sólo turistas y menos del 5% de su población tienen derecho a entrar. La macdonalización llegó en plena decadencia India, por eso mi Maestro decía que abandonara las ciudades, pues para ver malls no hacía falta ir a India, cualquier otra ciudad del mundo me bastaba.

Pero sin duda existen muy pocos lugares en el mundo tan coloridos y enigmáticos como los ghats de Varanasi. Ghat, significa peldaño en Hindi, son los escalones por donde los peregrinos monoteístas hindúes llegan al sagrado río Ganges para lavar los pecados que han cometido en la presente vida y en las pasadas. Los enfermos y moribundos acuden aquí a morir, ser incinerados y depositados en sus aguas para permitir a su alma alcanzar la moksha, la liberación de sus ataduras materiales y del ciclo de nacimientos y muertes conocido como la rueda del Samsara.

Son las 8am, están terminando de quemar a los muertos en los ghats. Sigo en este delicioso pero asqueroso trance, la vista es el sentido que más abierto tengo. Ante los mil estímulos visuales que recibe mi mente por segundo veo a una gorda vaca, a primera vista sucia pero muy adornada y colorida -igualita a la cultura que pertenece- con toda la tranquilidad del mundo comiendo las entrañas de un gran perro muerto. Ese shock me abre los otros sentidos al máximo: los pitídos de los coches, las motos, los gritos de los vendedores, la música moderna mezclada con mantras que se repiten sin cesar y que se entremezclan como en una perfecta psicodelia, con un fuerte un olor entre masala, -combinación de especies hindúes-, y muerto.

El olor a carne humana quemada se hace más presente. Mientras más camino, más me acerco a la orilla y por fin lo veo, tengo ante mis ojos al Ganges. Me inunda una sensación muy potente de alegría, melancolía, paz, emoción; mi corazón late más rápido de lo normal algo que seguramente también sintieron los grandes exploradores y muchísima gente al llegar a este mismo lugar donde estoy parado.

"Gracias, gracias, gracias" -me repito en silencio. Puedo verme a mi mismo desde arriba por unos segundos. Traigo puesta la playera de la selección Mexicana con unos verdes calzones entre hippie y superman que compré un día antes de abordar el avión a India, mis gafas como la de los primeros turistas espirituales de 60s, una gran sonrisa y el corazón llenito, llenito...

Entré a India por una puerta complicada, ni buena ni mala… sólo diferente a lo que jamás antes había visto en mi vida. Estaba listo, mi Maestro me dejó con enseñanzas que fuí absorbiendo a su lado pero aquí, en Varanasi, en los ghats, aunque sobretodo con mi gran amiga la gorda vaca-come-perros, experimenté de golpe, como un subidón, como un profundo viaje de soma o ayahuasca, todo ese conocimiento. Sin las enseñanzas de Mi Maestro en su ashram no hubiera entendido nada...

Comienza la aventura. MAMA INDIA agárrate que ahí te voy.

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